Daphne era deliciosa. Una estilizada criatura, parecida las imágenes que pintó
Botticelli en el Renacimiento. Pero, según la opinión de Apolo, tenía un solo
defecto: era casta, pura, inexpugnable.
Una mañana temprano, cuando todavía los ruiseñores están en los brazos de Orfeo, Apolo se levantó decidido a poseerla.
Ella fue como siempre a bañarse al río. Sumergió su delicado pie en el agua;
luego, paulatinamente, con garbo y brío, se deslizó dentro. Hundió sus nalgas [...]
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