martes, 11 de octubre de 2005
Daphne era deliciosa. Una estilizada criatura, parecida las imágenes que pintó
Botticelli en el Renacimiento. Pero, según la opinión de Apolo, tenía un solo
defecto: era casta, pura, inexpugnable.
Una mañana temprano, cuando todavía los ruiseñores están en los brazos de Orfeo, Apolo se levantó decidido a poseerla.
Ella fue como siempre a bañarse al río. Sumergió su delicado pie en el agua;
luego, paulatinamente, con garbo y brío, se deslizó dentro. Hundió sus nalgas y
sus pechos, estiró los brazos y tocó la espuma. Rió, serena y feliz.
Apolo la espiaba con avidez. Su mirada relampagueaba; las pupilas esmeraldas
estaban dilatadas por la excitación; los pies rígidos, los músculos tensos. Todo
él era una fibra de carne humana en suspenso, un signo de interrogación a punto
de desbordar.
Daphne salió lentamente. Sacudió su cabellera dorada; temblaba su inmaculado
cuerpo en contacto con el aire y gimió de placer. Girando su cuello con donaire,
vio la mirada ávida del Dios del amor.
Se alejó de prisa. Corrió, como una gacela asustada, cuando vió que él la
perseguía. Se deslizó ágilmente, sin tocar con sus pies la tierra y extendió los
brazos al cielo en ademán de ayuda.
Júpiter no desoyó su ruego. Criatura predilecta de los dioses, no podía ser
abandonada a esta triste suerte.
Cuando Apolo apoyó la mano glotonamente sobre la cintura de su juvenil víctima,
ésta profirió un grito de terror.
Al instante se partió el cielo en dos; un trueno sordo y profundo se oyó a lo
lejos; dos relámpagos estallaron entre las nubes y, lerdamente, el cuerpo de esa
pequeñita ninfa etérea se fue transformando. En los dedos de los pies le
crecieron prontamente raíces; su pierna izquierda se convirtió en corteza,
cubriendo con timidez la virginidad de sus pudores. Las manos se alargaron en
frágiles ramas; su cabellera dorada, embellecida por el alba, fue perdiendo el
brillo del oro tiziano y adquirió la rugosidad de las hojas secas. El grito sordo, en la boca aterrorizada, se perdió para siempre.

Era la hora exquisita. Bajo los ojos de un Apolo enloquecido, Daphne se
transformó en laurel.

Cristina Bosch – E-mail: mcbosch2002@yahoo.com.ar
Publicado por 1c2c5c6c @ 16:13
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